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Blog del Caminante    
 

Jordi Piferrer

A través de este Blog, todos los caminantes podrán intercambiar sus experiencias y exponer sus criterios y sugerencias sobre aspectos relacionados con el Camino de Andorra

Coordinará el Blog: Jordi Piferrer *


Todas las actividades, se visualizan por orden Cronológico

También pueden verse según los bloques temáticos:
Caminadas, Expediciones de evasión, Expedición de 1937, Cultura, fiestas y tradiciones.


 
1 de mayo de 2017
Acerca del guía Josep Cirera    
   
 
   

LA LLEGADA DEL GUÍA JOSEP CIRERA (2ª PARTE)

 

La versión de los hechos que nos ofrece el guía Josep Cirera es que a mediados de octubre de 1937, estando en Andorra, le llegó un aviso de su amigo Josep Ramonet Espar, de Ca l'Armenter de Organyà, con el encargo de conducir un grupo desde Juncàs hasta Andorra.

Según él, cuando recibió el aviso fue a pie desde Andorra hasta el santuario de la Mare de Déu de la Trobada, en el municipio de Montferrer y Castellbò. Allí tomó el autobús y bajó en la parada que había en el Hostal de la Penella, antes de llegar a Oliana. En este tramo no había controles de policía. Desde este punto subió caminando hasta Juncàs, por la tarde del día 27; hizo noche en esta casa, y al día siguiente, 28 de noviembre, hacia el mediodía, los de Juncàs le acompañaron hasta la Ribalera, donde se encontró con el grupo de veinte personas, dispuestas a hacer la travesía.

Nos dice que él no recuerda haber ido a la cueva-casa del Corb; y que ni siquiera conoce este lugar: le acompañaron directamente de Juncàs a la Ribalera.  También asegura que en aquellos días no asistió a ninguna misa, ni en la Ribalera ni en ninguna otra parte del recorrido hasta Andorra.

En 1980, hablando de aquella misa, Juan Jiménez Vargas decía: a distancia, aunque suficientemente cerca para no perder detalle, estaba nuestro guía entre los árboles.

Ya se ve, pues, que debe ser una confusión. No obstante, sabemos con certeza que estaban presentes los que habían hecho de guías hasta entonces, como Mateo y Tonillo.

 

En alguna conversación mantenida con Josep Boix, de Juncàs, en los años 2003-2005, nos dijo que él, después de la misa en la Ribalera, se marchó a su casa a comer, y allí encontró a Josep Cirera. Comieron juntos en Juncàs y a continuación subieron de nuevo a la Ribalera, donde esperaban los expedicionarios, para iniciar la marcha hacia Andorra.

 

En el diario del 27 de noviembre, en el que se relata la salida de la Cabaña de San Rafael en dirección a la Casa del Corb y la Ribalera, Pedro Casciaro escribe:

 

A las seis y cuarto nos ponemos en marcha. Nos sirven de guías Pallarés y Mateo.

 

Por tanto, estos son los guías que les llevan hasta la Ribalera. Más adelante escribe que Mateo llevó la comida a la Ribalera, lo que indica que Mateo era efectivamente uno de los acompañantes:

 

A eso de las tres de la tarde, comimos conejo frito que Mateo trajo después de su ausencia. Y, entre rezar el rosario y enredar por las rocas, se fue el tiempo hasta las cuatro y pico [...]; la voz de partida del guía me sorprendió llenando la bota en un chorro de agua que corría por lo más hondo del escarpado.

 

También Manuel Sainz de los Terreros escribe, en su diario personal del año 1937, que a la Ribalera les acompañaron Mateu y Pallarès:

 

Fuimos 23 y Mateo y Pallarés a un barranco al que llegamos a las 6 de la madrugada.

 

De todo ello sacamos una conclusión clara: los guías que les acompañaron desde la Baronia de Rialb hasta la Ribalera, eran gente de la zona de Peramola: Antoni Bach Pallarès (el Tonillo) y Mateo Molleví Roca (Mateo el lechero) y quizás también algún pariente de éstos. Juan Jiménez Vargas, en 1980, habla de un tal Mora, que podía ser de la cercana casa de la Mora. Evidentemente, habría también alguien de Juncàs, ya que los terrenos por donde pasaban eran de su propiedad y además estaban totalmente implicados en la organización de estas expediciones.

 

El único que dice haber visto a Josep Cirera en la Casa del Corb es Juan Jiménez Vargas. A pesar de la descripción tan detallada que hace, parece que se confundió de lugar o de persona. Al ser de noche, fácilmente podría tener dificultades para distinguirlo bien, a la luz de la vela que les alumbraba. El tiempo transcurrido entre los hechos y su relato también nos hace suponer otra posible causa de error.

 

Hay otros elementos que parecen confirmar esta hipótesis. En primer lugar, hay que tener presente que Cirera no era un experto de la zona de Peramola y que, por tanto, parece coherente que no hiciera de guía en este territorio. En cambio, a partir de la cima de Aubenç ya conoce perfectamente el terreno, y es desde ese momento cuando se hace responsable único de toda la expedición.

En segundo lugar, no tendría tampoco mucho sentido que, si Josep Cirera hubiera llegado a Juncàs la tarde del 27, saliera a las 12 de la noche hacia el Corb -que está a cinco kilómetros con un desnivel acumulado de cuatrocientos metros- para volver después atrás hacia la Ribalera, recorriendo seis kilómetros más y seiscientos metros de desnivel, para finalmente dirigirse a Juncàs, a tres kilómetros, lo que suponía bajar cuatrocientos metros de cota. Si uno se sitúa en el territorio, o bien analiza un mapa de la zona, se puede comprobar que habría hecho un recorrido circular de unos quince kilómetros, caminando de noche durante unas ocho horas, con unos mil quinientos metros de desnivel, y todo ello para ir a un lugar que no conoce, pasar la noche sin dormir y volver otra vez a Juncàs de donde había salido.

 

Conclusión

Después de haber estudiado a fondo todos estos datos podemos concluir que los expedicionarios vieron por primera vez a Josep Cirera el 28 de noviembre de 1937, al mediodía, en la Espluga de las Vaques, en el Barranco de la Ribalera; y poco después -hacia a las cuatro de la tarde- cuando volvió para conducirlos hasta Andorra.

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18 de abril de 2017
Acerca del guía Josep Cirera   
   
 
   

 

     LA LLEGADA DEL GUÍA JOSEP CIRERA (1ª PARTE) 

 

    La mayoría de los testigos coinciden en que Josep Cirera aparece por primera vez en la Ribalera al mediodía o por la tarde del 28 de noviembre.

 

    Así lo dice Miguel Fisac ​​en el Diario de 1937:

 

Es media tarde del día 28. Comenzamos la primera jornada con el guía que nos llevará a Andorra, que, dicho sea de paso, es competentísimo en su oficio: se orienta con una facilidad asombrosa y en ésta y en todas las demás jornadas no le hemos visto ni un solo titubeo.

 

Lo mismo dice Antonio Dalmases, después de recordar con emoción la misa del día 28 en la Ribalera:

 

Los madrileños me dan pan, mientras esperamos a que nos traigan el nuestro (nosotros hemos dejado el paquete en la casa [Juncàs]) y así pasamos el rato, hablando, comiendo y reparando nuestro equipo, hasta que viene el guía. Es un muchacho joven y decidido. Pagamos la mitad del precio convenido, 7.000 pesetas en billetes antiguos, y nos manda estar preparados para las cuatro de la tarde.

[...] Comemos un poco más y, cuando a las cuatro más o menos viene el guía, nos halla ya cargados y con los bastones en las manos dispuestos para salir.

 

Francisco Botella da la misma versión:

 

Al atardecer [del día 28], apareció como por ensalmo, un chico fuerte, joven, simpático, con aire autoritario, que iba a ser el guía principal, el responsable de la aventura en la que estábamos empeñados. Dijo llamarse Antonio. Por supuesto, que ya se veía que era un nombre convencional.

 

El problema aparece cuando existen versiones diferentes. Juan Jiménez Vargas explica en sus recuerdos, escritos en 1980, que Josep Cirera se reunió con los de la expedición en la casa del Corb, hacia las doce de la noche del incipiente 28 de noviembre de 1937:

 

En la cueva estaba el nuevo guía, que se hacía llamar Antonio. Hasta que nos despedimos en Andorra no dijo su verdadero nombre: José Cirera. Era un hombre de 23 años, con traje de pana y abarcas, duro, autoritario, infatigable y audaz, como poco a poco fuimos comprobando.

Tenía, como cualquier contrabandista, una red de enlaces y señales a lo largo de su ruta; todo lo tenía muy amartillado y no daba un paso sin tener seguridad.

En lo más profundo de la cueva, a la luz de una vela —que no se podía proyectar al exterior—, pronto se vio que era el jefe:

—Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno, y no hablar, nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo, lo diré a los primeros de la fila, y que se lo pasen de unos a otros. Nadie se separará de la fila y nadie se quedará en el camino. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará, y si alguno quiere acompañarle, que se quede.

La escena era tétrica, y más de uno se encogió un poco, temiendo lo que podrían ser las jornadas próximas. Todavía de noche, salimos de la cueva.

 

Octavio Rico y Dámaso Ezpeleta, citando a Juan Jiménez Vargas, recogen la misma versión en su libro Cruzando la noche. También Andrés Vázquez de Prada en El Fundador del Opus Dei, y otros libros que utilizan las mismas fuentes.

 

Por otra parte, Pedro Casciaro, en sus memorias escritas en 1975, llega a afirmar que Josep Cirera se une a la expedición incluso antes de la casa del Corb. Los datos no encajan, pero hay un comentario en estas memorias que nos advierten de estos posibles errores:

 

Perdí la noción del tiempo porque las caminatas nocturnas parecían interminables: el cansancio, el sueño y el hambre las alargaban desmesuradamente. Las alargaban también lo agreste del camino.

Al tratar de reconstruir ahora esos días, compruebo que bien pueden salir tres como seis: otros testimonios podrán ser más exactos cronológicamente que el mío. Trataré de relatar lo que me acuerde, prescindiendo casi siempre de las fechas y de las horas.

 

        Los últimos documentos reseñados contrastan con la información que nos ha transmitido Josep Cirera en las conversaciones que he mantenido con él a lo largo cinco años.

         Nota.- Dentro de 15 días publicaré la segunda parte del artículo con las conclusiones más probables. Ya adelanto que las investigaciones más seguras certifican que Josep Cirera no apareció en la Casa del Corb la noche del 27 de noviembre (como dicen algunos) sino en la Ribalera al final de la mañana y primeras horas de la tarde del día 28 de noviembre (según el mismo guía i la mayoría de testimonios).   


 
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23 de marzo de 2017
Sobre algunos sacerdotes escondidos en los bosques de Pallerols   
   
 
   

 

  8º artículo sobre cuestiones que requieren un análisis más profundo

 

Durante los años de la guerra civil española de 1936-1939, había muchos sacerdotes escondidos en los bosques de Pallerols. Precisamente la gente de Pallerols llama a la "Cabaña de San Rafael" la "Barraca dels Capellans" porque habitualmente estaba ocupada por sacerdotes. Otras cabañas de los bosques de Pallerols también estaban ocupadas por sacerdotes.

 

- Del libro "El copríncipe Mons. Justí Guitart y su tiempo (1920-1940)", de Francesc Badia Batalla, p. 380, extraigo una cita de Mn. Lluís Pujol, arcipreste de Andorra, que el 19 de mayo de 1937 escribe a Mn. Josep Piquer, secretario del obispo Guitart: "Anteayer pasaron Mn. Francesc Antoni y Mn. Ramon Esteve, rector de la Torre de Rialb. Han estado escondidos hasta ahora en los bosques de Rialb con los sacerdotes Carbonell, Boladeres, Gonfaus y Blanc. En Peramola están todavía los hermanos Lozano, Ribó y Ramon, sin que nunca los hayan molestado. Todos pasarían la frontera, pero temen no poder hacer un viaje tan largo y pesado, menos Mn. Carbonell que, desorientado, no quiere pasar por no tener dinero. A través del mismo guía le he hecho llegar una carta diciéndole que busque las 500 ptas. para llegar aquí, y la Providencia le llevará a un lugar seguro".

 

- Con relación al sacerdote Ramon Esteve, rector de la Parroquia de la Torre de Rialb que estaba escondido en los bosques de Rialb, quizás es el mismo que cita Juan Jiménez Vargas en sus recuerdos escritos el 20 de diciembre de 1980, cuando dice que Mn. Jaume Esteve estaba refugiado en la zona de Pallerols y que subió algunas veces a la Cabaña de San Rafael para visitar a san Josemaría.

 

- Durante toda la guerra, los dos hermanos Lozano -Mn. Josep (1881-1939) y Mn. Joaquim- permanecieron refugiados en la "Barraqueta del Serrat", en los bosques de Pallerols. Hacia el final de la guerra, Mn. Joaquim bajo a Peramola puesto que ya no había peligro. Pero Mn. Josep prefirió no bajar a Peramola hasta que terminase la contienda y "pudiera bajar vestido con la sotana", decía él. Para no estar solo en la barraca del Serrat se fue a vivir a l'Arçosa, una casa cerca de la Cabaña de San Rafael, en los bosques de Pallerols. El 24 de enero de 1939 pasaron por la Arçosa algunos soldados del ejército republicano en retirada que asesinaron a Mn. Josep y al dueño de la casa, el Ramonet de la Arçosa, que están enterrados en el cementerio de Pallerols de Rialb.

  

- En el Diario del día 23 de noviembre, que este día escribe Manuel Sainz de los Terreros, se cita a los hermanos Lozano "que llevan viviendo en el bosque quince meses en una choza como la nuestra". Mn. Josep Lozano también es citado en el Diario del día 25. Se encuentran con él en la fuente en busca de agua y otro día van con él a buscar setas.

 

- Mn. Joan Porta Perucho (1907-1999), rector de Pallerols desde 1934, estuvo durante la guerra viviendo en la casa del Ampurdanés. En el Diario aparece varias veces en la Cabaña de San Rafael hablando con san Josemaría, que en una ocasión le dio vino para que pudiera celebrar misa.

 

- Mn. Nicolau Auger Ortodó (1865-1942), arcipreste de Ponts, estuvo escondido en la casa de Vilaró. En varias ocasiones se encontró con san Josemaría en la iglesia de Pallerols y en la Cabaña de San Rafael.

 

- En el Diario del día 25, que escribe Francisco Botella, aparecen citados Mn. Joan Porta y Mn. Nicolau Auger, que se acercan a la Cabaña de San Rafael y hablan un rato con san Josemaría.

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13 de marzo de 2017
Las dudas de san Josemaría   
   
 
   

            

            7º artículo sobre cuestiones que requieren un análisis más profundo.

 

           Tres fueron los momentos más significativos en los que san Josemaría tuvo serias dudas sobre si debía continuar hacia Andorra o regresar a Madrid.

El plan que habían trazado consistía en pasar a Andorra todos los que estaban en la zona republicana y lo harían en varias expediciones. La primera estaría formada por san Josemaría, Juan Jiménez Vargas, José María Albareda, Pedro Casciaro, Francisco Botella, Miguel Fisac, Manuel Sainz de los Terreros y Tomás Alvira. Seguirían la misma ruta que unos meses antes había emprendido el hermano de José María Albareda.

A continuación, en diferentes expediciones, seguirían todos los demás.

Les parecía que la primera expedición podría pasar a Andorra en una semana. No obstante pronto vieron que la organización de las expediciones de evasión eran mucho más complicadas de lo que habían pensado. En Barcelona estuvieron 40 días esperando el inicio de la salida. Pronto se dio cuenta san Josemaría que era muy difícil que pudieran pasar todos, por ello decidió en varias ocasiones regresar a Madrid para no dejar abandonados a los que allí permanecían.  

Veamos a continuación estos tres momentos de dudas sobre lo qué tenía que hacer, según le parecía a él que era la voluntad de Dios:

 

1. A mediados de octubre, estando en Barcelona, san Josemaría decidió regresar a Madrid y se fue decididamente a la estación del ferrocarril para comprar el billete, como recordaba Juan Jiménez Vargas en el año 1980.

 

Un buen día el Padre decidió volverse a Madrid, tal como ya había ocurrido otras veces.

Estaba yo solo con él en el piso de Diagonal cuando me lo dijo, con una decisión terminante que no  dejaba alternativa para pedir aclaraciones, y me indicó que nosotros teníamos que seguir igual, sin cambiar el plan.

El Padre salió entonces a la calle. Iba a la estación, a enterarse de los horarios de trenes y sacar billete para Valencia, camino de Madrid.  Fue sin duda el peor momento que he pasado en mi vida —puedo asegurarlo con rigurosa objetividad— y al cabo de los años lo recuerdo como si no hubiera pasado el tiempo.

A media hora, todo lo más, cuando yo todavía no había tenido tiempo de reaccionar, y no sabía como transmitírselo a los otros, ya estaba de  vuelta porque había cambiado de idea. Otra vez veía claro el Padre cuál era la Voluntad de Dios, y mantenía su decisión de llegar hasta el final, a conciencia de que nos habíamos metido en una empresa peligrosa, y hasta humanamente imposible.

 

         San Josemaría se daba cuenta de que era una empresa imposible. Para empezar deberían estar en Barcelona 40 días sin dinero y con el peligro constante de ser descubiertos.

 

2. Una segunda ocasión fue en la rectoría de la iglesia de Pallerols. Fue la noche del 21 al 22 de noviembre. Esta vez fue una duda mucho más intensa y dolorosa, con la práctica certeza de que no estaba haciendo la voluntad de Dios, de que estaba emprendiendo un empresa imposible, que estaba tentando a Dios y abandonando a los que quedaban en Madrid. Fue tanto el dolor de aquella noche que la pasó entera llorando y gimiendo, suplicando a Dios que viera claro lo que debía hacer, según fuera su voluntad.

El encuentro de una rosa de madera estofada fue la señal de que hacía bien continuando su camino hacia Andorra.

Lo hemos analizado exhaustivamente en el apartado anterior.

 

3. Finalmente la noche del 27 de noviembre, antes de salir hacia Andorra, volvió a plantearse la duda de si era conveniente que él siguiera en la expedición o era mejor regresar a Madrid, donde podría estar con los que quedaban en aquella zona y alentarlos en momentos tan peligrosos. En esta ocasión la duda era producida por la extrema debilidad en que se encontraba; no se veía capaz de soportar las largas caminatas que tenían por delante y pensaba que sería una carga para los demás. Recordemos que desde el inicio de la guerra había perdido 40 Kg.

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28 de febrero de 2017
La Rosa de Pallerols   
   
 
   

           

            LA ROSA DE PALLEROLS DE RIALB

           

            Según un testigo del año 1976, mosén Joan Porta Perucho [1], a finales de julio o principios de agosto de 1936 [2] llegó a Pallerols un pelotón de la FAI buscando "curas escondidos". Mossèn Joan estaba en Pallerols trabajando de mozo en una de las casas, en Ca l'Empordanès, pero no supieron encontrarle. Entonces cogieron los libros de la rectoría, las sotanas y los sombreros y los quemaron delante de la iglesia. Más tarde, hacia mediados de agosto, subió un grupo organizado por el comité de La Seu de Urgell, que durante ocho o diez días fue quemando sistemáticamente las iglesias de la región. Unas tres semanas después volvieron a Pallerols, porque decían que se habían quemado cosas de valor, removieron las cenizas buscando "oro fundido de las pinturas" y cosas parecidas.

Cuando en noviembre de 1937 el grupo de san Josemaría llegó a Pallerols, se encontró con los altares y retablos de la iglesia totalmente destruidos. En el Diario del día 20 escribe José M. Albareda:

 

Después de comer, descendemos del cerro para subir a la parroquia de Pallarols de Rialp. Es una iglesia capaz, para el escaso vecindario disperso que constituye Pallarols; adosada está la casa rectoral. Todo ello profanado, como los templos de otras poblaciones, de las que venimos [...]. Junto a la iglesia, hay un cementerio y un ciprés.

 

En sus memorias del año 1975, Paco Botella da algún detalle sobre el estado del interior de la iglesia. Escribe:

 

Pere nos indicó también por dónde se comunicaba sin salir fuera, con la iglesia. El Padre y algunos fueron a verla. Yo no recuerdo haberla visto, por lo menos con detalle, era de noche por otra parte y la luz de la vela que teníamos era escasa.

El Padre y los demás dijeron —yo solo lo vi desde la puerta— que había sido, como tantas otras, quemada y destruida por dentro por los rojos. Del altar y posible retablo que enmarcara a una imagen de la Virgen, de la cual quedaban huellas, sólo se presentaban ante la vista, al parecer, restos ennegrecidos por el fuego.

 

Como hemos dicho anteriormente, la madrugada del 22 de noviembre de 1937, san Josemaría Escrivá de Balaguer encontró dentro de la iglesia de Pallerols, en el suelo, una rosa de madera estofada y dorada. Ya hemos explicado que este hallazgo fue para él de gran importancia: la recibió como una respuesta divina en unos momentos de profunda desorientación personal; como una confirmación de Dios para continuar aquel camino que ya había comenzado.

Él mismo lo explica en el n. 1439 de Apuntes íntimos, el 22 de diciembre de 1937, justamente un mes después del día en que sucedieron los hechos. Lo dice así:

 

Entonces, con moción interior que coaccionaba mi voluntad, le dije al Señor: "si estás contento de mí, haz que encuentre algo", y pensé en una flor o adorno de madera de los desaparecidos retablos. Volví a la iglesia (estaba en la sacristía), miré por los mismos sitios donde había mirado antes..., y encontré en seguida una rosa de madera estofada. Me puse muy contento y bendije a Dios, que me dio aquel consuelo, cuando estaba lleno de preocupación por si estaría o no Jesús contento de mí [3].

 

Acabamos de leer lo que escribió san Josemaría: "miré por los mismos sitios donde había mirado antes".

Al menos cuatro veces estuvo en la iglesia de Pallerols buscando algo de los desaparecidos retablos:

 

- La primera fue el 20 de noviembre, cuando llegó desde Vilaró. En el Diario de ese día se lee:

 

Transcurre la mañana en las inmediaciones de la casa, pues ya se ha caminado temprano, durante dos horas. Después de comer, descendemos del cerro para subir a la parroquia de Pallarols de Rialp.

 

También se deduce del n. 1440 de los Apuntes íntimos [4].

 

- La segunda vez, fue la noche del 21, cuando bajó a la iglesia antes de descansar en la despensa de la rectoría, según el testimonio de Francisco Botella del año 1975.

- La tercera, es el encuentro de la rosa estofada del día 22 por la mañana. Quizás era la única rosa que había quedado por allí después de ser saqueada la iglesia, aunque las dos veces anteriores, en que había buscado algún detalle, no vio nada.

- Todavía hay el testimonio de una cuarta vez: cuando san Josemaría entró en la iglesia y buscó algo. Esta vez iba acompañado del arcipreste de Ponts.[5] Fue el día 26, según detalla Juan Jiménez Vargas en el Diario de aquel mismo día:

 

El Padre marchó después del desayuno con Pedro, que iba a tomar un apunte de la parroquia de Pallarols. Volvieron cuando acabábamos de comer, acompañados del arcipreste.

 

También lo cita Vázquez de Prada, añadiendo que no encontraron nada:

 

Cumplía Pedro el encargo de tomar unos apuntes de la parroquia de Pallerols mientras el Padre, acompañado del arcipreste, examinaba el interior de la iglesia, donde no encontraron el más mínimo resto de las tallas y retablos destrozados por los revolucionarios [6].

 

Es decir, que, de acuerdo con los documentos que tenemos, podemos deducir que san Josemaría examinó varias veces el interior del templo de Pallerols, pero no encontró nada. Sin embargo, aquella madrugada del día 22, después de pedirlo a la Virgen, encontró enseguida, dice él, una rosa de madera dorada que le confirmó en su decisión de continuar hacia Andorra.

 

¿Cuál podría ser el origen de esta rosa?

 

Según la gente de Pallerols, los retablos de la iglesia eran muy ricos, con muchos elementos dorados, entre los que había rosas y otras formas ornamentales.

Según la señora Josefa Finestres, la Marina de Ca l'Empordanès, la rosa que encontró san Josemaría podría ser la que llevaba en la mano la imagen de la Virgen del Roser [7].

No hemos conseguido ninguna fotografía para saber cómo podría ser la imagen de la Virgen del Rosario de Pallerols. Muchos testimonios nos dicen que era muy parecida a la imagen de la Virgen del Rosario de el Puig, otra iglesia de la Baronía de Rialb. Esta imagen se conserva en el museo de la catedral de La Seu de Urgell y puede dar una idea de cómo podía ser la de Pallerols. Ambas llevaban una rosa en la mano.

San Josemaría recordó siempre con especial agradecimiento el encuentro de aquella rosa. Desde el primer momento la hizo guardar con mucho cuidado dentro de una mochila, y actualmente se conserva en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la sede central del Opus Dei, en Roma. Esta rosa tiene ocho centímetros de diámetro, un espesor de un centímetro en los pétalos, y medio centímetro al final de estos; el grosor en el centro de la rosa es de dos centímetros y medio. De la parte posterior de la rosa sobresale un mango para incrustarse en el retablo o bien en la mano de la Virgen.

El 2 de diciembre de 2008, el obispo de Urgell, monseñor Joan Enric Vives Sicilia, bendijo una nueva imagen de la Virgen del Rosario de Pallerols similar a la del Puig y, por tanto, según los testigos oculares de la época, similar a la que había en Pallerols el año 1936. En la mano derecha lleva una rosa que es una copia bastante fiel de la que se guarda en Roma.

San Josemaría consideró aquella rosa como una señal, una caricia de la Virgen, y así lo muestran las diferentes representaciones que se han hecho de ella [8]. A menudo, sugería que se dibujara una rosa junto al sello del Opus Dei. Por indicación suya, se colocó una rosa parecida a la de Pallerols en la mano de la imagen románica de la Virgen que se venera en Torreciudad.



[1] Desde 1934 se encargaba de la parroquia de Sant Esteve de Pallerols.

[2] Marina Finestres, de Ca l'Empordanès, que tenía entonces diecisiete años, dice que era el 2 de agosto.

[3] Citado por Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo II, p. 195, n. 171.

[4] Ver de nuevo Vázquez de Prada, El Fundador..., tomo II, p. 195, n. 171.

[5] El arcipreste de Ponts era mossèn Nicolau Auger Ortodó (1865-1942), que estaba escondido en Can Vilaró.

[6] Vázquez de Prada, El Fundador..., vol. II, p. 201.

[7] Ella guarda en su casa una rosa del retablo de esta imagen de la Virgen, que encontró después de la guerra, en los alrededores de la iglesia: es más pequeña (tiene cuatro pétalos y no siete, como la que encontró san Josemaría).

[8] Por ejemplo, en las casullas y otros ornamentos litúrgicos. También figura la rosa de Rialb en la casulla de la estatua de san Josemaría que se alza en el exterior de la basílica de San Pedro, en el Vaticano.

 

 

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