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Portada > Noticias > Lecturas en el Paso de los Pirineos 3: desde las rocas de la Caubella a Sant Julià de Lòria (Andorra)
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Río de Civís y Barranc de la Cabra Morta      

Quinta noche: de la Caubella a Sant Julià de Lòria (días 1-2 de diciembre)

(Ver "Camino de Liberación" pp 115-128 i 266-277)

Hasta el río de Civís

Paco Botella escribe en el año 1975:

Y otra vez a caminar. Ya era de noche, podíamos movernos con libertad. Pronto se nos incorporaron nuevos elementos: eran unos chicos fornidos, bien pertrechados, con unas mochilas muy altas [...] olía a colonia, a perfume. Y llevaban carabinas, en disposición de ser rápidamente utilizadas. [...]

Fuimos subiendo y avanzando por la ladera pelada de una montaña. Dábamos la vuelta con la montaña [en dirección a la Collada de la Torre], que dibujaba un arco [...]

Había un poco de luz por la luna [...]

Aún tenemos que seguir por la falda del monte un buen trecho, da la impresión de ofrecernos un giro, al tiem­po que descendemos, un poco atontados después de las dos ho­ras largas de quietud fría y dolorosa. Nos acompaña el olor a perfume que traen los portadores de las grandes mochilas, armados de carabinas. Más tarde, la fila india se transforma en varias, más o menos paralelas que siguen avanzando por la ladera. Se resbala bastante y el Padre se cae muchas veces, porque aunque ha podido superar el agarrotamiento que tenía­mos, el cansancio se acentúa y las fuerzas se debilitan.

Al final de este camino hemos bajado bastante, los árboles y vegetación nos acompañan un rato, y recuerdo que nos sirvieron para frenar el descenso por la ladera, muy inclinada [bajada por el Bosque de Cogoll y el Serrat del Vaquer]: lo que no se consigue con los pies, mal calzados, porque las alpargatas no protegen de los golpes al resbalar y saltar en pendiente, lo completan las manos asiéndose a las ramas de aquellos arbustos. Estamos delante de un río[el Río de Civís].

Juan se retrasa porque camina con los pies destrozados y le sangran, y no puede seguir sin cambiar de alpargatas.

Entonces pasan el río, sobre un tronco de árbol que hacía de puente, el guía y el resto de la expedición, con los de las mochilas.

 

Este tramo lo pasan, com ya es habitual, con muchas dificultades. Nos lo cuenta Juan Jiménez Vargas en el Diario de 1937:

A las cuatro y media de la tarde aproximadamente, nos disponemos a envolvernos bien en las mantas, para soportar mejor el frío. Según los rumores la espera iba a durar mucho, hasta bien entrada la noche. Pero vino un guía, avisando que nos preparáramos.

No sé cómo será el camino del infierno, pero cuesta trabajo imaginarlo algo peor que eso. Cuanto más denso, los árboles mas altos. Los matorrales más tupidos, que se interponen en el cami­no, aumentan por momentos; y hay que atravesarlos por las buenas o por las malas, sin reparar en los jirones de la ropa o de piel que se empeñan en guardarse entre sus espinas. Hasta que llega un momento en que, más que andar, puede decirse que nadábamos entre el ramaje, sin poder precisar si la masa compacta que divisábamos delante de nosotros era el tronco de un árbol o el compañero que nos precedía en la marcha.

Las caídas de los días anteriores son cosa de broma, compa­radas con las de hoy. Paco va delante del Padre ayudándole como pue­de.A ratos se ayudan mutuamente a caer. Yo, que voy detrás algunos momentos, le sujetó por la ropa. Otras veces, bastante hago si consiguió frenarme, apoyando fuertemente el bastón con las manos, para no rodar empujándolos a ellos, o decir una barbaridad, en voz muy baja, cuando me caigo y el Padre me quiere desarraigar de la maraña de ramas: porque, si le dejo que me ayude, lo más fácil es que al levantarme a mí, caiga él de espaldas haciendo caram­bola rusa con Paco y los que van delante. Las barbaridades hay que decirlas en voz muy baja, porque todo esto tiene que suceder en el más absoluto silencio. Por eso, hasta los tacos son tenues susurros. [...]

Por fin, salimos del bosque y nos vamos acercando al río [el Río de Civís]. Hay que quitarse los impermeables blancos porque son demasiado visibles. Al quitarme el mío, para esconderlo debajo del mono, aprovecho la ocasión para traspasar el azúcar al bolsillo del Padre. Poco después -serían las nueve menos cuarto- nos paramos. Nos envolvemos en las mantas, porque el frío y la humedad se sienten con más intensidad que nunca. Para resistirlo mejor, todos hacen esfuerzos para no dormirse; pero es tal el sueño que muchos no pueden permanecer despiertos. Sospechando esto, me puse un tubo de efetonina en el bolsillo. El Padre no quiere tomarla. Yo tampoco, porque me creo capaz de resistir el sueño. Pero, apenas me siento, me quedo dormido. Cuando me despierto, ha pasado más de una hora y tengo los pies anestesiados por el frío, esto es una ventaja, porque me permite andar sin que me moleste la contusión del dedo. Al Padre lo tenemos comprimido entre Paco y yo, y aún así tiembla continuamente.

A las once y media se reanuda la marcha. Pronto llegamos al río. Debe ser un sitio peligroso, porque hay que extremar la rapidez y el silencio. Los guías montan las armas. Cargo con el Padre y me meto en el agua. Pero encallé entre unas ramas y unas piedras, y creo que se mojó casi como si hubiera pasado por su pié; tuvo que pasar haciendo equilibrios sobre un tronco, yo pasaba a su lado, con el agua por encima de la rodilla, para evitar que se cayese.

Al salir el río, se empezaba a escalar una montaña [el Barranc de la Cabra Morta]. [...] Unos veinte minutos después descansamos.

 

Al llegar al río de Civís han de esperar más de dos horas hasta que pase el peligro, ya que la carretera que va de la Farga de Moles a Sant Joan Fumat está muy vigilada. En este punto san Josemaría pasa unos momentos muy peligrosos, como lo cuentanj algunos de los cronistas de la expedición.

Francisco Botella (1975) comenta la extrema situación de san Josemaría poco antes de cruzar el río de Civis :

Otra vez paso de ríos -bueno de uno o varios ríos pero que se nos ponían por delante como nuevos y distintos invitándonos a un nuevo baño-. Pasó la humedad cuando fuimos subiendo y avanzando por la ladera pelada de una montaña. Dábamos la vuelta con la montaña, que dibujaba un arco. A la una de la madrugada nos dieron órdenes terminantes: tumbarnos en el suelo, no movernos, no hablar y esperar. Nos dejaron solos, los guías desaparecieron y también los portadores de las grandes mochilas con su carabina.

Pasó un cuarto de hora. Con voz muy baja no hace falta más, porque estamos muy juntos nos comunicamos que el guía y los demás auxiliares, habían salido de descubierta para investigar las posibles entradas a Andorra.

Pronto dejamos de pensar en todo eso. El Padre se quedaba no dormido sino con sopor, sin hablar y empezó a temblar de frío. Juan se puso muy serio y nos dimos cuenta de que la situación era crítica. Le tomó el pulso y dijo que nos quitásemos la ropa y se la pusiéramos encima al Padre. Bueno no sé si lo dijo, o lo hizo él y le seguimos nosotros o lo hicimos todos a la vez, obedeciendo al mismo pensamiento. Lo que sí recuerdo es que nos dijo que nos apretásemos al Padre para darle calor. Pero seguía tiritando. Había un poco de luz por la luna y vimos que el Padre tenía el rostro estirado y la boca sin expresión. Respiraba con mucha suavidad, demasiada.

Nosotros teníamos frío y Juan lo vio: rezad el Rosario, moviendo los labios, aunque cueste, nos dijo. Teníamos la tentación de movernos, porque el frío penetraba y se metía hondo. Lo que hacía más angustiosa la situación es que no volvían los guías y había pasado una hora. ¿Los habrían cogido? No se había oído ningún disparo. Otra hora más, que tardó muchísimo en pasar. El Padre estaba rígido, y con los brazos y piernas como anquilosados. No sabíamos qué hacer ni qué pensar: Juan insistía en que rezáramos moviendo los labios. Pensábamos que ya era prácticamente imposible que el Padre pudiera seguir andando y ni siquiera ponerse de pie.

A las dos horas y media, aparecieron por distintas direcciones. El guía traía una actitud tensa, como de quien ha tomado una resolución arriesgada. Y así lo comprobamos luego, porque era seguro que al ver que estaban vigiladas las entradas a Andorra más alejadas de los puestos fijos de carabineros, decidió que pasáramos junto a un puesto fijo habitual de observación: la casa que ocupaban los de este sector de la frontera. Dijo que nos pusiéramos en pie y que había que seguir. Serían las tres y media de la madrugada.

Momento de susto por el Padre: le ayudamos a ponerse en pie. Costó mucho y empezó a andar con cara de dolor, pero con decisión, sin titubear ni un instante, con fe en que va a salir adelante. Y ¡gracias a Dios!, a los pocos pasos se movía sin rigidez, sin que se notara anquilosamiento alguno. Pensamos que tenía que ser así, pero ha sido una fuerte prueba de Dios, que ha puesto al rojo la fe grande del Padre así como la virtud de la forta1eza, por encima de cada obstáculo que se superpone con el anterior.

Antonio Dalmases (1937) escribe en su Diario:

Salimos al oscurecer y marcharemos primero por la cresta de la montaña en donde hemos salido hasta que hemos empezado a bajarla, por el lado opuesto a aquel que hemos subido, y que está cubierto por un bosque espesísimo [Bosque de Cogoll], que nos envuelve en una oscuridad fantástica que, si nos impide andar bien, por otra parte nos da confianza.

Tras esta montaña, está la frontera. Es el momento cum­bre. Para pasarla hay que esperar a las primeras horas de la mañana que son las mejores. Por eso nos tendemos en el suelo a esperar las dos o tres horas que faltan. ¡Qué frío pasé, Dios mío! Estábamos sobre el suelo mojado, apretados unos contra otros, con las mantas encima y temblando desesperadamente. El silencio era total y cada uno se sentía solo ante Dios como si fuera a morir. A pesar de todo llegué a adormecerme y por supuesto soñé disparates.

Además, estaban los carabineros rondando cerca de noso­tros. Fueron unos momentos horribles que me parecieron si­glos y que recordaré mientras viva. Cuando nos hacen mar­char, casi no podemos ni movernos y jamás había temblado co­mo ahora. Frotándome me reanimo un poco y al cabo de un rato de andar estábamos restablecidos.

Cuando llegan los guías, cruzan el río de Civís y suben rápidamente el Barranc de la Cabra Morta.

 

  La subida al Barranc de la Cabra Morta

(Ver "Camino de Liberación" pp 121-125)

El año 1937, Juan Jiménez Vargas escribía en el Diario:

Vuelta a emprender la subida. Si uno se retrasa diez pasos y no se cuida de avisar, se interrumpe la fila. Hay que pararse. Viene un guía, de los que van detrás, que vuelve a unir a la van­guardia el resto de la fila. Dos minutos después se rompe otra vez la hilera, y vuelta a la misma maniobra.

La subida se va aproximando a la vertical: el bastón casi estorba, porque hay que agarrarse con las dos manos a las rocas o a los matorrales. En algunos momentos, no hay anchura suficiente más que para un pie, y estamos al borde del precipicio. A lo mejor, sucede que en un instante de apuro es necesario agarrarse a lo más próximo, que resulta una mata de espino.

El mismo año 1937, Antonio Dalmases lo cuenta así:

Atravesamos descalzos otro río [el Río de Civís] y empezamos la ascensión más fuerte del viaje [la del Barranc de la Cabra Morta]. Al principio con mucha dificultad se podía andar de pie, des­cansando todos cada cuarto de hora, luego ya es una escalada con todas las de la ley y pasamos de roca en roca agarrados al suelo frío y mojado cada vez más alto. La subida es tan alta que el que me sigue siempre queda bajo mis pies. Aquí se agotó el coñac y todo lo que llevábamos para beber. Segu­ramente que de día no nos atreveríamos a pasar por este si­tio. El vértigo no nos dejaría pero, como ahora sólo se ve a unos metros, no nos damos más que una ligera cuenta del pre­cipicio que tenemos a nuestros pies. Al llegar a la cumbre y tras un ligero descanso, marchamos por la cumbre e iniciamos luego el descenso, por la otra vertiente, suave afortunada­mente.

 

Bajada al río de Argolell y subida a Mas d'Alins

   (Ver "Camino de Liberación" pp 125-128)

 

Después del Barranc de la Cabra Morta les quedaba aún subir un tramo especialmente peligroso: pasar por las Bordes de Lluçà, cerca de la frontera con Andorra, muy vigilada. Sobre esta etapa, Juan Jiménez Vargas escribía en el Diario del año 1937:

Las tres serían cuando llegamos a la cumbre [el Coll de la Cabra Morta]. El camino, ya más cómodo, pero más peligroso. Bajamos por una senda estrecha. La cuesta es ligera. Despacio, y sin apoyar los bastones, para no hacer mucho ruido. Así llegamos a la vista de una casita con las luces encendidas [la Borda de Lluçà], enclavada a pocos centenares de metros de la pendiente que baja desde la derecha de nuestro camino: es un puesto de carabineros.

Cada vez con más precauciones. Paramos algunos segundos, a escuchar. De pronto los ladridos de un perro. Este contratiempo no nos preocupa -a mí, al menos-, porque estamos cerca de la frontera: si los carabineros llegan a descubrirnos y a disparar, podríamos pasar todos, mientras los guías sostienen un tiroteo con ellos.

No sucede ninguna novedad y seguimos bajando por un terreno bastante malo, muy húmedo y resbaladizo y atravesamos un río o arroyo o lo que fuese [el Riu d'Argolell]; no sé, sencillamente, pasamos agua un vez­ más. En este momento, hemos cruzado la frontera; pero no hay se­guridad, porque pueden hacernos fuego. Realmente, no podemos de­cir que estamos en Andorra: falta una hora de trepar por la montaña.

Ya arriba, descansamos un rato y, luego, seguimos andando. Nos paramos en una fuente y quedamos separados del grupo. Había con nosotros dos guías, que no nos señalaron el camino porque no lo sabían, según dijeron. Pero ellos siguieron adelante. Es que debían llevar contrabando, y no querían acompañarnos. Sería las cinco de la mañana. Decidimos no movernos hasta que amaneciese.

Años después, Juan Jiménez Vargas (1980) recordaba así la continuación del camino:

Pronto paramos en medio del bosque, y Cirera nos indicó que nos cubriéramos bien bajo los matorrales y el arbolado: "Uno debajo de cada árbol, sin moverse y mucho silencio".

Alguien dijo que la mejor hora para el paso era de noche, poco antes de que empezase a clarear el día, y por eso estábamos esperando el momento crítico, jugando con el amanecer. No entendíamos nada. Estábamos en un sitio bien defendido, porque en la subida que acabábamos de seguir era imposible que se atreviesen a perseguimos de noche y monte arriba. Y en esa zona de bosque muy tupido, también parecía imposible que se arriesgaran a meterse de noche. Estábamos entre los matorrales después del paso de la Cabra Morta, y había que esperar.

Seguíamos inmóviles en aquel silencio impresionante, y con mucho frío. El ruido que se oía hacía suponer que la patrulla no andaba lejos. Se veía luz en una casa, y una hoguera. Y pensábamos que podría ser una casa de un pueblo próximo -no sabíamos entonces que ese pueblo era Argolell- o los milicianos. En medio del nerviosismo estábamos muy atentos, éramos todo oídos, pero desconcertados en la más absoluta desorientación. El guía, y sobre todo sus enlaces de la frontera eran los prácticos que dirigían la maniobra, sabían bien lo que pasaba.

Después de aquella espera interminable, que quizá no pasaría de media hora, pero se nos hizo un siglo, cuando se aseguraron de que podíamos seguir, comenzamos a bajar encorvados sin tocar el suelo con los bastones. Parecía imposible que treinta hombres en fila pudieran moverse así, pero el silencio era absoluto. Pasamos muy cerca de una casa, nuestra izquierda -la borda de Llusá-, que tenía luz encendida, con el aspecto de una lámpara de carburo. Otra vez los endiablados perros -que sin duda estaban encerrados en la borda para guardar el ganado-, ladraban como locos, pero los guías no hacían ningún caso a los ladridos, seguros de que en el paso que teníamos que cruzar no había nadie. A muy poco distancia de la borda dejamos a nuestra izquierda la ermita de Santa María -no la vimos y no sabíamos que existiese-, y en unos quince minutos desde que empezamos a bajar cruzamos el arroyo de Argolell y atacamos una subida muy fuerte hacia Mas d'Alins, que es la primera casa de Andorra. La frontera está muy por encima del arroyo. Ya habríamos pasado la frontera cuando oímos unos disparos de fusil desde la parte de Argolell. Se habían dado cuenta tarde, quizá les parecía que todavía estábamos por la subida y querían batir la cola de la expedición, pero no estábamos a su alcance.

Arriba, dejamos a la derecha la borda de Espardiñes, en Mas d'Alins, cruzando por delante sin verla. Fue entonces, poco antes de amanecer, pero aun de noche por completo -jueves, 2 de diciembre-, cuando nos dijeron que hacía un buen rato que estábamos en Andorra.

Nos dijeron que podíamos seguir y nos indicaron la dirección clara que correspondía al camino que empalma con la actual carretera de Fontaneda y Sant Juliá, que estaba bien marcado. Y nos dejaron solos. Algunos continuaron pero la mayoría no nos atrevimos porque era mejor esperar a que se hiciese de día, que era cosa de poco tiempo.

Paco Botella, en 1975, relataba así la llegada a Andorra:

Ya juntos otra vez, dirigidos por Antonio, continuamos subiendo [Barranc de la Cabra Morta] y llegamos a lo alto de una pequeña meseta o loma ancha en una cota superior. Mirando hacia el norte se veía os­curo. Avanzamos en esa dirección, ya con cautela por orden de Antonio. Unos minutos más y por la derecha una hondonada con luces tenues de alguna casa [Argolell]. Por encima de la cota que seguimos, una hoguera. Serían las seis de la mañana.

En este momento se oyeron ladridos de perros, que salían del lugar de las luces. Y el guía, hablando bajo y sin contener su tensión, dijo que estábamos en peligro. Reparten carabinas para los que quieran usarlas si es necesario. Juan, después de hablar con el Padre, les dice que nosotros no que­remos armas. Mientras tanto, Antonio y los que llevan carabi­nas, las preparan por si hay que disparar, caso de que nos a­taquen. Luego nos ordenan que, a cuatro patas, deslizándonos despacio, sigamos a Antonio y a los que llevan armas que nos preceden, también arrastrándose como nosotros.

Fueron pocos metros los que salvamos así en media hora. Estamos a poca distancia de una casa de carabineros [Borda de Lluçà], donde siguen ladrando los perros, ahora con alboroto y fuerza. Pasamos cerca, a lo largo de una cota ligeramente superior. Y en lo alto, sobre nosotros, una hoguera, con más carabineros. Te­níamos la sensación de que nos lo jugábamos todo. Podíamos caer en el tiroteo que, el ser descubiertos o un pequeño error de nervios, podía desencadenar. Fuimos poco a poco dejando hacia la derecha, por debajo y hacia atrás, la algarabía de perros y las luces de la casa de los carabineros.

Después, dijo Antonio que podíamos levantarnos, pero que avanzáramos sin hacer ruido, muy despacio. Así un rato, hasta que nos alejamos definitivamente del ruido de los perros. Ante nuestra vista un barranco pequeño y en el fondo un río. José María nos dijo que era el Valira [es el Río de Argolell], es la frontera. El guía no abrió la boca. Y cruzamos la frontera pasando el río con facilidad. Vino entonces una pendiente muy vertical de vegetación espesa y bosque bajo. Creo que al subir, le dijo Antonio al Pa­dre que aquello era Andorra. Hasta llegar arriba [Mas d'Alins], media hora.

De forma mucho más breve lo narra Antonio Dalmases, en su escrito de 1937:

Andábamos despa­cio sin el menor ruido: jamás hubiera creído que treinta hombres andando por el monte pudieran hacer tan poco ruido. La tensión de aquellos momentos era inaguantable: ¡cada vez estábamos más cerca de las casas! (. . .) Son los montes decisivos. Pasamos un riachuelo, un campo, luego otro arroyo, pero nadie piensa en mojarse. Estamos más cerca de la casa [la Borda de Lluçà] casi en la frontera, pero eso no significa nada. Subimos la montaña corriendo y dando gracias a Dios. Aunque nos descubran, quedan ya a nuestras espaldas y podemos escapar. Caigo y me lastimo una rodilla. Había de dolerme casi un mes luego, pero en aquel momento no me entretengo para nada. ¡No se para ya! A uno le sangran los pies, pero sigue. Ya no hay disciplina. Nuestra marcha es una carrera desenfrenada hacia la cumbre en la que ya pasamos la línea divisoria . . . ¡Estamos a salvo! Rendidos, pero a salvo. A pesar de todo no hay cantos ni gritos. Sólo una oración silenciosa y sincera. Aún hay peligro. Andamos pues alegres pero callados. Cuando se ha pasado esta zona y se ha encendido una hoguera, es entonces cuando bajamos hacia el pueblo [Sant Julià de Lòria].

 

De Mas d'Alins a Sant Julià de Lòria

                           (Veure "Camino de Liberación" pp 128-133)

Superado este último contratiempo llegaron a Mas d'Alins, que dejaron a la derecha, y a continuación dejaron también a la derecha la casa de las Pardines. Continuaron bajando y al llegar al Coll de Jou vieron en el fondo del valle, Sant Julià de Lòria, a donde llegaron hacia las ocho de la mañana del jueves  2 de diciembre de 1937.

Después de un buen desayuno se dirigieron a la iglesia para arrodillarse delante del sagrario y dar gracias al Señor por el éxito de la expedición. Después continuaron hacia Andorra la Vella y les Escaldes, en donde estarían nueve día, del 2 al 10 de diciembre de 1937.

 

En breves palabras, Juan Jiménez Vargas escribía en el Diario del año 1937:

Apenas comenzó a hacerse de día, salimos camino de San Julián. Rezamos una parte del Rosario, andando. Íbamos muy despacio, porque el estado de Tomás y Manolo no permitían más velocidad. Además contemplábamos el Pirineo. Era mucha el hambre que teníamos, pero estos artistas se olvidaban de comer. Miguel asegura que es el mejor paisaje que ha visto. Cuando ya estábamos a la vista del pueblo, oímos, por primera vez desde que empezó la guerra, las campanas que tocaban a Misa. Pensamos asistir, pero, con lo que tardamos, tuvieron tiempo de terminar la Misa y cerrar la iglesia.

Estuvimos con el cura de S. Julián, que nos abrió la iglesia un momento para hacer la visita. La primera vez que visitamos una iglesia no profanada, desde julio del 36.

 

Sobre aquellas horas, Francisco Botella (1975) recordaría años después:

El Padre ya estaba dando gracias y haciendo jacula­torias, desde que pasamos el río Valira [no és el riu Valira, sinó el riu d'Argolell]. Luego anduvimos más hasta internarnos en Andorra un poco. Entonces Antonio anunció que ya estábamos a salvo. Nos explicó que llevábamos más de media hora caminando por Andorra, pero que otras veces los carabineros rojos habían hecho incursiones dentro de Andorra, al percibir el paso de la frontera, de otros fugitivos. Y de­sapareció, indicando la dirección a seguir por nuestra cuenta. Ya nos veríamos en Andorra al día siguiente.

Juntos los de Casa, rezamos una Salve rodeando al Padre. Apretados a él formando un solo corazón, que daba gra­cias a Dios y a la Virgen. Su fe, su oración y su fortaleza habían hecho realidad la Voluntad de Dios.

Nos sentamos, hicimos la oración y charlamos luego. Hacía frío y vino uno de la expedición a decirnos que más allá habían encendido una hoguera. Estuvimos con ellos muy poco tiempo. [...]

A lo lejos, un campa­nario. El paisaje era maravilloso y el sol ya daba colorido. El Padre se reía y estaba feliz. Rezamos el Rosario juntos con el Padre. Rezando el Rosario entramos, a las nueve de la mañana del día dos de diciembre, en San Julián, primer pueblo de Andorra.

Pero son los recuerdos especialmente personales de Pedro Casciaro, del año 1975, los que de una manera más expresiva resumen lo que pasó los úlimos días:

Pienso que llegó un momento en el que -al menos a mí-, más que el miedo a ser apresado o descubierto por los guardias de la frontera, lo que no podía resistir ya era el frío y el agotamiento físico y psíquico. En medio de la obnubilación de la mente, muchas veces me hice la consideración de que, si yo me sentía así, cómo se sentiría el Padre. Yo había comenzado aquella aventura de Barcelona y del paso del Pirineo en condiciones físicas relativamente buenas; en Torrevieja, Albacete, Valencia, no había pasado el hambre que durante más de un año el Padre había pasado en Madrid; tenía trece años menos que él; tenía buena salud, mientras que nuestro Padre había pasado temporadas de fiebres altas y un prolongado y agudo ataque de reuma. Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle. Pero también me irritaban algunas cosas que veía en aquellos días: el Padre rehusaba protegerse del frío, metiéndose periódicos debajo del jersey, como hacíamos los demás; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; cuando pasábamos algunas horas descansando en aquellos corrales y cuevas, veía que él apenas dormía y adivinaba que era para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me edificaba, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo.

Recuerdo que una prueba concreta de aquel cansancio físico y de la fatiga mental que provocaba la constante atención de nuestros ojos, siempre escudriñando el terreno que pisábamos en la más absoluta obscuridad. En los prolongados ascensos de los montes, cada uno procuraba ir recitando el Santo Rosario, al menos con el corazón; así nos había enseñado a hacer nuestro Padre. La respiración jadeante se combinaba con las frases del Padrenuestro, del Avemaría y de la letanía lauretana. Llevábamos mentalmente la cuenta de las décadas -las manos no daban abasto para apoyarse en el bordón y agarrarse al terreno-, pero esa cuenta fácilmente se perdía y resultaban misterios de veinte o treinta Avemarías. No eran las oraciones del Rosario lo que agotaba; sino otras frases y, sobre todo, la tonada que obsesionantemente las acompañaba. Fue un curioso fenómeno que luego, ya en Andorra, tuvimos oportunidad de comprobar que fue general, al cambiar impresiones. Resulta que, en una de las últimas tertulias que tuvimos en la Cabaña de San Rafael, para entretenernos, el Padre nos cantó un candoroso villancico que las buenas religiosas de clausura de Santa Isabel -el Patronato del que el Padre era Rector-, solían cantar por Navidad:

"Qué Niño tan bonito que tiene San José;
cada vez que lo miro me pasa no sé qué...
¡Ay, ay, ay!...
¡Me pasa no sé qué...!"

El fenómeno fue que esta letra y esta tonada llegó a formar parte inseparable de nuestra fatigosa respiración que, durante horas y horas, adquirió música y letra. Tan profundamente se grabaron dentro de nosotros, que he llegado a pensar que antes olvidaría mi propio nombre que la letra y la tonada del villancico de las Agustinas de Santa Isabel. Estoy seguro que, en aquellas circunstancias, la continua invocación al Niño Jesús y a Nuestro Padre y Señor San José fue algo que Dios mismo quiso para sostenernos.

En cuanto a imágenes irreales, aún cuando no hubiera realmente ningún pueblecito de luces centelleantes en el valle, las veíamos brillar en nuestras retinas, como un extraño espejismo en la oscuridad.

Tratando de seguir el relato de lo que el mismo Padre llamó camino de liberación, al amanecer de aquella noche acampamos ateridos de frío y empapados de agua. Apenas salió el sol y amenazaba una nevada. Pasamos buena parte del día escondidos y sin poder secar nuestras ropas. Sin haber podido realmente descansar, reanudamos la marcha invariablemente hacia el norte: debió ser a media tarde.

Después, ya no me acuerdo de nada. Sé que pasamos un serio peligro cuando, después de pasar un río -que debió ser el Valira- [no es el Valira, sino el Río de Argolell] subimos el repecho de una suave cordillera. Oímos -con el consiguiente sobresalto- unos tiros de fusil. Después de varios incidentes, llegamos a la parte más alta y comenzamos a descender. Fue de noche cerrada todavía cuando los guías nos dijeron que habíamos pasado la frontera; que ya estábamos en Andorra. Nuestro Padre comenzó una oración de acción de gracias. Pienso que fue la Salve, pero realmente no me acuerdo: tardé cierto tiempo en reaccionar y darme cuenta de que todo había pasado. Quizá fue la misma alegría lo que impedía creerlo del todo. Los guías nos señalaron la dirección que debíamos seguir y desaparecieron. Seguimos bajando. Fue amaneciendo. Yo, al menos, acabé de convencerme de que ya estábamos en Andorra cuando apareció ante nuestra vista, en el valle, un pueblecito. Nos dijeron que era Sant Juliá de Loria. Después he pensado que uno de los nombres que impusieron a nuestro Fundador en el Bautismo fue precisamente Julián. Por lo demás, sólo recuerdo que, en aquellos primeros momentos de sentirnos libres, oí decir varias veces a nuestro Padre: Deo gratias... Deo gratias.... Era el día 2 de diciembre de 1937.

Quedaron atrás innumerables vicisitudes y angustias. Finalmente Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer y algunos de sus hijos estábamos a salvo. Ya no había peligro de que el Padre, en cualquier momento, quisiera volver a Madrid; como en aquella noche de la ermita de Pallerols; como en aquella otra ocasión en la que los guías exigían más dinero para continuar el camino, y él quiso volverse a Madrid para obtenerlo, a condición de que nos condujeran a nosotros. Quedaron atrás el terror de los controles fronterizos, de los registros de milicianos. ¡Quedaron atrás tantas cosas!

Al amanecer, la contemplación del apacible pueblecito de Sant Juliá nos hizo acabar de comprender que había terminado la prolongada pesadilla del paso de los Pirineos: que finalmente éramos libres. En acción de gracias, una vez que nos quedamos solos los de nuestro grupo, el Padre volvió a incoar la Salve -esta vez en voz alta-, que todos recitamos pausadamente, con profundo fervor y gratitud a la Virgen. Encauzaba así el Padre nuestra alegría en este acto de amor a nuestra Madre que, una vez más, había manifestado su misericordia con la Obra. Al recordar después alguna de las muchas incidencias experimentadas desde Barcelona hasta Andorra, al Padre le gustaba referirse a ese período de nuestra vida llamándolo nuestro camino de liberación.

Tomamos algo caliente, un café, al encontrar un bar a la entrada del pueblo. A continuación buscamos la Iglesia; pero antes tuvimos que superar un trámite que, aunque lógico, a algunos nos resultó molesto: debíamos documentarnos. A la entrada de Sant Juliá los gendarmes franceses nos desarmaron; es decir, nos quitaron los improvisados bordones que cada uno había ido escogiendo entre las ramas que al principio del itinerario, apenas dejar la Cabaña de San Rafael, encontró al azar. Esta ridícula medida de seguridad nos molestó bastante; nos habíamos encariñado con aquellos palos que tan útiles nos habían sido para caminar en los montes; además, pensábamos conservarlos como recuerdo de nuestra aventura. Los gendarmes nos documentaron como refugiés politiques; esto también me molestó, porque la política no había sido el motivo de nuestra evasión de España. Después proseguimos caminando hasta Les Escaldes, donde estaba el Hotel Palacín.

 

 

   
     
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Sant Julià de Lòria (Andorra), 3 de mayo de 2018
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